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El verdadero dilema de las redes sociales

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Por José Ernesto Novaez Guerrero

El documental The social dilemma (2020, dirigido por Jeff Orlowski) ha reavivado un debate cada vez más necesario sobre las redes sociales, su relevancia en las sociedades actuales y las implicaciones profundas que tienen.

Construído sobre el testimonio de numerosos exejecutivos de muchas de estas grandes compañías de comunicación, sicólogos y otros especialistas, el material audiovisual pretende diseccionar, desde una perspectiva fundamentalmente ética el problema.

La gran verdad que nos reafirman todos los entrevistados, y que es uno de los problemas que desde hace años se viene denunciando, es que las redes sociales son, esencialmente, espacios para la manipulación. El objetivo fundamental de todas y cada una de sus numerosas prestaciones es lograr que pasemos cada vez más tiempo frente a las pantallas de nuestros dispositivos.

El lucrativo negocio detrás de estas empresas reside en vender nuestro tiempo y atención a terceros. Pero también, y esto a pesar de que algunos lo niegan, en vender las  gigantescas cantidades de metadatos que almacenan a gobiernos y compañías privadas que los usan con fines diversos.

La obra también pone el foco de atención en cómo están incidiendo estas redes en la mentalidad, autopercepción y percepción de la realidad de niños y adolescentes. Cómo, desde principios de la segunda década del siglo XXI, ha crecido exponencialmente la cantidad de adolescentes que atentan contra su vida como resultado de la interacción en redes sociales. Aunque los datos son solo de Estados Unidos, es fácil extrapolar a otras partes del mundo para comprender la magnitud de un problema que ya es global.

Sin embargo, la principal limitación del documental reside en el hecho de quedarse solo en algunas de las implicaciones éticas de esta cuestión y no ir a las esencias del fenómeno. Las soluciones que propone, más bien escasas, competen, en primer lugar, al individuo: desconectar las notificaciones, regular el tiempo que tú y tus hijos pasan en internet, regular el uso que tus hijos hacen de esta herramienta, etc. Y, en segundo lugar, son un problema de derecho: aprobar más leyes que regulen la industria, gravar más significativamente los ingresos de estas compañías, etc.

Estas soluciones no pasan de ser paliativos y dejan sin tocar las cuestiones fundamentales. El documental no cuestiona el carácter monopólico que han adquirido las comunicaciones en la internet. Una abrumadora mayoría de los usuarios llega a la red de redes a través de alguno de los servicios del pequeño grupo de empresas conocido como GAFAM (google, apple, facebook y amazon). No es de extrañar entonces que en medio de la desoladora pandemia que golpea la economía mundial, altos ejecutivos como Jeff Bezos y Mark Zuckerberg hayan incrementado considerablemente sus patrimonios corporativos y personales.

Todas estas empresas son norteamericanas y todas, aunque lo nieguen, tienen agendas políticas. La primera y más evidente es la de legitimación del sistema capitalista y control o invisibilización de todas las voces y agendas contrapuestas. Los métodos para lograr esto son variados y van desde el cierre de cuentas hasta el uso de los algoritmos para aislar a usuarios conflictivos en pequeñas burbujas con otros usuarios que piensen como ellos, lo cual de hecho neutraliza la efectividad que pudiera tener un mensaje contrasistémico.

Las redes sociales se usan también para generar estados de opinión negativos en torno a individuos, grupos o países, así como para lavar la cara a los que se perciben como aliados. Ha sido ampliamente documentado el papel que han jugado redes como Facebook o Twitter en procesos tan diversos como la Primavera Árabe, las elecciones de 2016 en Estados Unidos o, más recientemente, el golpe de estado a Evo Morales en Bolivia.

Las ingentes cantidades de datos almacenados por estas compañías son usadas para crear estrategias publicitarias y propagandísticas cada vez más efectivas y personalizadas, pero también sirven como barómetro de los estados de ánimo de una sociedad determinada, lo que permite al sistema articular a tiempo medidas que desvíen la atención y controlen el descontento.

Las redes sociales son empresas capitalistas orientadas primariamente hacia una función mercantil, pero en el entramado de recursos de los que dispone el sistema capitalista cumplen otra función ideológica: son vehículos para la enajenación y aislamiento. Su dinámica comercial las lleva a privilegiar y reproducir formas ideológicas y políticas afines al sistema del que son parte, con lo cual contribuyen a la gran estrategia de naturalización y autopresentación positiva que ha caracterizado a todos los regímenes políticos y económicos desde los albores de la civilización.

Los sistemas económicos no solo son relaciones reales entre individuos, sino que son además representaciones en la conciencia de estos. La moderna industria cultural, de la cual las redes sociales son una faceta más, es quizás el esfuerzo más sistemático y consciente emprendido por un sistema socioeconómico para reproducir masivamente su dominación en la conciencia de los dominados. Así se logra normalizar y dar legitimidad a la abrumadora y creciente desigualdad del mundo contemporáneo. Para miles de millones de consumidores de la industria cultural, el capitalismo no es un sistema más, es el único.

Marx, en El Capital, señalaba que uno de los aspectos de la producción mercantil es la tendencia a convertir en mercancías incluso aquello que para sociedades anteriores era invaluable. En su afán mercantilizador, el capitalismo contemporáneo ha convertido en un negocio incluso la comunicación humana. Aquí reside el problema esencial de las redes sociales.

Todos los problemas éticos que el documental The social dilemma señala en torno a las redes sociales parten de esta cuestión central. Si aceptamos el hecho de que unas pocos compañías controlen la mayor parte de la internet mundial, que monetaricen las comunicaciones de miles de millones de personas a diario, no podemos sorprendernos porque hagan hasta lo imposible por tornar sus productos cada vez más atractivos, por lograr que cada vez más personas pasen más tiempo en un mundo virtual diseñado y perfeccionado para absorverlos y menos en un mundo real, donde no todo se ajusta a nuestras creencias y expectativas. Si aceptamos que sea la lógica capitalista la que rija estos procesos, no podemos pedirle a los capitalistas que no actúen como tales, pues sería negar su condición.  

El problema central es que hemos permitido, como sociedad humana, que determinados actores dentro del sistema pongan al servicio de intereses privados lo que debe ser patrimonio colectivo. Nos lo han presentado como un proceso lógico. Sin embargo, la realidad es que algo tan fundamental como la comunicación humana no debe pasar por el tamiz de una empresa privada y sus intereses corporativos. Herramientas como Facebook son necesarias, pero con otra dinámica de funcionamiento, una que no busque la adicción y la manipulación, y bajo la supervisión de organismos internacional. Tal vez de alguna agencia de la ONU para el uso equitativo de la internet.

Esto pudiera parecer excesivo, pero en el mundo contemporáneo cada vez más la información es un recurso esencial y no podemos permitir que se concentre en pocas manos sin, al menos, cuestionar esta realidad. La sociedad debe intervenir para evitar los efectos nocivos que produce el uso mercantilista de estas herramientas.El verdadero dilema de la redes sociales, resumiendo, es que son herramientas capitalistas al servicio del capital y no herramientas colectivas al servicio de la humanidad.  

La nación dividida

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José Ernesto Nováez Guerrero

En una reciente entrevista, el importante escritor norteamericano Paul Auster, refiriéndose a su país, lamentaba: «Estamos tan divididos y llenos de una especie de odio de uno por el otro en este país, que parece partido en dos mitades: los que aman a Trump y los que no».

El desgarramiento que viven los Estados Unidos hoy es una verdad evidente para cualquier observador imparcial. Quizás en ningún otro momento, desde el final de la Guerra de Secesión, el país ha estado tan peligrosamente cerca de la guerra civil. Ni siquiera en los difíciles años de la Guerra de Vietnam y las luchas por los derechos civiles, donde se dio el surgimiento de numerosos grupos antisistema.

La aparición en el escenario político del fenómeno Donald Trump ha sido el catalizador de todo el proceso. El magnate neoyorkino, cuya victoria sorprendió a muchos en 2016, ha gobernado pulsando constantemente los prejuicios y aspiraciones de un sector bastante amplio de la sociedad norteamericana. Pero, ¿qué implicaciones profundas tiene el hecho de que sea Trump y no Hillary Clinton quien ocupe el despacho oval?

En primer lugar Trump es la prueba de que el modelo de democracia burguesa surgido con la revolución norteamericana y perfeccionado y difundido en los años y revoluciones posteriores atraviesa por una crisis estructural profunda.

La democracia representativa moderna se basa en la electividad de cualquier ciudadano mayor de edad para cargos públicos, en representación de los intereses y aspiraciones del conjunto de sus electores. Esto, desde luego, es en teoría. En la práctica, por lo general, se imponen trabas a la igual participación de los ciudadanos ya sea por vías económicas o legales y se verifica muchas veces el secuestro de estas estructuras democráticas por élites políticas y económicas, nacionales o extranjeras.

Para el caso norteamericano convendría recordar lo que apuntaba el profesor Howard Zinn en su magnífica obra La otra historia de los Estados Unidos (Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2006). Siguiendo lo planteado por el también historiador Charles Beard, Zinn señala sobre los 55 firmantes de la Constitución de los Estados Unidos:

«(…) que la mayoría eran ricos en cuanto a tierras, esclavos, fábricas y comercio marítimo; que la mitad de ellos había prestado dinero a cambio de intereses, y que cuarenta de los cincuenta y cinco tenían bonos del gobierno según los archivos del departamento de la Tesorería.» (op. cit. p.62)

La democracia norteamericana estuvo, desde el principio, en manos de una élite, la cual, aparentando gobernar en el interés común, gobernaba en realidad al servicio de sus intereses exclusivos. Y, como todo clase hegemónica, los capitalistas norteamericanos han hecho pasar sus intereses particulares por el interés de toda la nación.

Si miramos con cuidado, vemos entonces que la historia de Estados Unidos es la historia de la construcción de un poderoso aparato estatal y un sistema de dominación global orientado al predominio del capital norteamericano por encima de sus competidores europeos.

Este predominio clasista tuvo, en la nación multietnica y en expansión un fuerte sesgo racial. La supremacía norteamericana se construyó, hacia lo interno, sobre el dominio de la identidad blanca, anglosajona y protestante (wasp en inglés: white anglo saxon protestant) sobre otras identidades consideradas como inferiores y sometidas, desde el primer momento, a la explotación y dominio de la identidad dominante. Es el caso de los negros, los indios y una gran parte de la masa de migrantes que, desde mediados del siglo XIX, comenzó a poblar las grandes extensiones del gigantesco país que, a sangre y fuego, se había abierto camino del Atlántico al Pacífico.

La sucesiva comunión de razas no alteró esta concepción inicial del núcleo blanco anglosajón como la identidad verdadera. Esta convicción, alimentada con otras ideologías raciales y la fuerza creciente del fundamentalismo religioso de corte protestante, es la levadura que nutre a gran parte de la base electoral y social que sustenta el fenómeno Trump.

Otro elemento que pesa decisivamente en la evolución política actual es el proceso de acelerada concentración de la riqueza, que se ha intensificado en el país desde la crisis económica de los años setenta y el proceso de reformas neoliberales de los ochenta.

La clase media, que fue durante buena parte del siglo XX el colchón de aislamiento construido por el capital en contra de los procesos de revolución social, ha visto reducirse drásticamente sus ingresos anuales y crecer sus deudas, en un país donde desde hace décadas el Estado emprende sucesivos recortes del gasto social y agresivas campañas de privatización, con algún que otro impass en la política de administraciones puntuales.

Como resultado, el índice Gini (medidor del grado de desigualdad de un país) de los Estados Unidos se ha disparado, convirtiéndolo en el país más desigual del mundo, a la par que el más rico y el que más millonarios tiene.

La profundización de la pobreza, sumado al evidente secuestro del aparato estatal por los intereses corporativos, han llevado al país a la situación actual. La corrupción administrativa, muchas veces sancionada por la ley, permite al gran capital, por ejemplo, a través de la práctica del “lobby”, colocar a políticos en su lista de pagos para que defiendan sus particulares intereses en el Senado y el Congreso o financiar las cada vez más costosas campañas políticas, comprometiendo a los candidatos aún antes de ganar.

El voto ha dejado de ser un ejercicio de poder popular y se ha convertido en un acto meramente formal. Ocupe quien ocupe el despacho oval los verdaderos poderes de la nación permanecen intocados.

Este descontento popular fue el que puso en movimiento la ola que en 2016 convirtió a un impresentable magnate de bienes raíces, rodeado por el escándalo y la corrupción, con un discurso político que rompía todas las normas de la corrección establecidas, en presidente de la nación más poderosa del planeta.

Para muchos Trump fue una reacción antiestablishment, un voto de castigo contra la política y los políticos tradicionales, encarnados en la figura de Hillary Clinton. Sin embargo, cuatro años después y en vísperas de nuevas elecciones, podemos pensar que Trump en verdad fue la reacción de una parte del establishment contra otra.

Ninguna clase es homogénea y en la historia se pueden encontrar infinitos ejemplos de la reacción de un grupo o parte de una clase contra sus semejantes.

Detrás de Donald Trump, entonces, se han alineado en estos cuatro años aquellos sectores del capital que defienden una política más conservadora en relación con la economía norteamericana, que ven en la emergencia de China un peligro para sus intereses a escala planetaria, que ven en la política de regulación ambiental frenos al desarrollo irrestricto del mercado. Sectores que identifican las políticas de gasto social moderado de la era Obama y las promesas de un Bernie Sanders con comunismo puro y duro, una de las peores ofensas dentro de la política norteamericana.

Estas tendencias del gran capital, cuyo vocero más destacado es el actual presidente, encuentran eco en grupos sociales que se han visto desfavorecidos por la dinámica económica de los años recientes.

Para muchos de estos ciudadanos, su situación económica se debe a la política de mano blanda de la era Obama, que permitió a numerosas empresas mudarse a países del tercer mundo. Ven en los migrantes una competencia desleal y, como muchas otras sociedades que les antecedieron en la historia, canalizan en actitudes xenofóbicas y racistas el descontento por su situación actual. Este núcleo de votantes se caracteriza, además, por su bajo nivel cultural y su recelo con todo lo que asocien al establishment tradicional. De ahí que abracen entusiastamente absurdas teorías conspirativas como la de Q-anon o Pizzagate y descrean de la intelectualidad liberal y los grandes medios de comunicación, al menos en lo que al tema Donald Trump se refiere.

El individuo Donald Trump es presidente gracias a la confluencia de todos estos intereses. Su emergencia como actor político es la expresión de la agudización de las contradicciones profundas de esa sociedad, las cuales habían permanecido latentes y han resurgido con más fuerza a raíz de la crisis de 2008.

Hoy Estados Unidos enfrenta una doble polarización, por un lado entre grupos del gran capital y por otro entre amplias capas populares, con una composición de clase diversa. Este tipo de contradicciones son las que alimentan y sostienen a las guerras civiles. Más aún en una nación donde hay más armas que habitantes circulando en las calles.No se puede subestimar, sin embargo, la capacidad que pueda tener el propio sistema para restablecer el pacto social. Mientras tanto, con los ojos fijos en noviembre, la polarización gana en intensidad. Sólo queda esperar y observar. Como apuntaba Slavoj Žižek, vivimos en tiempos interesantes.

Una aclaración con respecto al populismo

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Por Slavoj Zizek
Zizej

Una entrevista que concedí hace poco, publicada primero en México y luego otra vez en la prensa latinoamericana y española, habría dado lugar a una idea por completo equivocada acerca de mi posición con respecto a la reciente tendencia populista de la política radical de izquierdas.

Si bien es cierto que la revolución Bolivariana en Venezuela puede ser objeto de muchas críticas, algunas de ellas merecidas, no deberíamos olvidar que también ha sido víctima de una campaña contra-revolucionaria muy bien orquestada; en especial de una larga guerra económica.

No se trata de una táctica novedosa. Unos años atrás, durante los tempranos setenta, el entonces asesor de seguridad estadounidense Henry Kissinger aconsejó a la CIA sobre la mejor manera de desestabilizar el gobierno democrático del presidente Salvador Allende en Chile. Tras una reunión con Kissinger y el presidente Nixon el 15 de septiembre de 1970, el entonces director de la CIA Richard Helms escribió en sus notas la instrucción sucinta recibida de éstos: “¡Hagan que la economía chilena grite de dolor!”. Altos representantes del gobierno estadounidense han reconocido que el mismo procedimiento está siendo aplicado en Venezuela.

Hace apenas un par de años, el antiguo Secretario de Estado de los Estados Unidos, Lawrence Eagleburger, declaró ante el canal de noticias Fox que la relación entre el presidente Hugo Chávez y el pueblo venezolano “funcionará solamente si la población de Venezuela continúa percibiendo en su gobierno alguna capacidad para mejorar sus estándares de vida. Si en algún momento la economía comienza a ir mal, la popularidad de Chávez comenzaría a decrecer. Estas son las armas que tenemos contra él, y que deberíamos estar usando. Es decir, las herramientas económicas para hacer que la economía venezolana empeore, de manera que la influencia del chavismo en el país y la región se vaya a pique… Todo lo que podamos hacer para que la economía venezolana se encuentre en una situación difícil está bien hecho; pero hay que hacerlo de manera tal que no entremos en una confrontación directa contra Venezuela, si podemos evitarlo”.

Lo menos que se podría decir acerca de afirmaciones como esta es que dan credibilidad al argumento según el cual las dificultades económicas que enfrenta el gobierno bolivariano no son simplemente el resultado de su ineptitud en materia de política económica.

Este es el punto clave, políticamente hablando, que los liberales no pueden digerir: con toda claridad, no estamos tratando aquí con fuerzas de mercado ciegas o con reacciones naturales. Digamos por ejemplo, con los dueños de las tiendas y supermercados intentando obtener ganancias mayores mediante el acaparamiento, u ofreciendo sus productos en mercados más favorables. Antes bien, se trata de estrategias bien planificadas y muy sofisticadas. Si ello es así, ¿no se justifica entonces que el gobierno use la fuerza legítima –una suerte de terror, diríase– como medida defensiva? Por ejemplo, que la policía haga redadas en bodegas secretas, o detenga a los acaparadores y coordinadores de la guerra económica que causa escasez. Y cuando el 9 de marzo de este año el presidente Obama expidió una orden ejecutiva declarando a Venezuela una “amenaza contra la seguridad nacional” de los Estados Unidos, ¿no dio luz verde a quienes buscan “abreviar” el período del presidente Maduro, o llevar a cabo un golpe de estado? En un tono algo más moderado, más “civilizado”, es lo mismo que está ocurriendo con Grecia.

Nos enfrentamos hoy a la enorme presión de lo que deberíamos llamar sin vergüenza alguna “propaganda enemiga”. Según Alain Badiou, “el objetivo de la propaganda enemiga no es aniquilar a la fuerza adversaria existente (función que de manera usual le compete a la policía) sino, antes bien, aniquilar una posibilidad aún no realizada, ni siquiera percibida, en la situación actual”. Dicho de otra manera, están intentando asesinar la esperanza. El mensaje que este tipo de propaganda intenta propagar es la convicción resignada de acuerdo con la cual si éste no es el mejor de los mundos posibles por lo menos es el menos malo, así que cualquier intento de cambio radical tan sólo haría que las cosas fuesen mucho peores.

Es por ello que todas las formas de resistencia, desde Syriza en Grecia a Podemos en España, pasando por los “populismos” latinoamericanos, deben contar con nuestro más firme apoyo. Ello no quiere decir abstenernos de la más férrea crítica interna cuando ello sea del caso, pero debe tratarse estrictamente de una crítica interna, una crítica entre aliados. Como diría Mao Tse Tung, este tipo de crítica es propia de las “contradicciones al interior del pueblo” y no contradicciones entre el pueblo y sus enemigos.

La reacción del establecimiento europeo a la victoria de Syriza en Grecia está dando lugar, de manera gradual, a un ideal muy bien resumido en el título de una columna escrita por Gideon Rachman en el Financial Times en diciembre del 2014: “El eslabón más débil de Europa son los votantes”. Así que en un mundo ideal, Europa debería deshacerse de su “eslabón más débil” y dejar que los expertos asuman el poder para imponer de manera directa la política económica. Si acaso deban persistir las elecciones, su función sería tan sólo la de confirmar el consenso de los expertos.

La perspectiva de un resultado electoral “equivocado” provoca el pánico entre los miembros del establecimiento: tan pronto como esa posibilidad se asoma en el horizonte, nos pintan una imagen apocalíptica de caos social, pobreza y violencia. Y como resulta usual en tales casos, la prosopopeya ideológica hace su agosto: los mercados comienzan a hablar como si fuesen personas, expresando su “preocupación” acerca de lo que podría suceder si las elecciones no tienen como resultado un gobierno con mandato suficiente para continuar con los programas de austeridad fiscal y reforma estructural.

Recientemente, los medios alemanes caracterizaron al ministro de finanzas griego Yanis Varoufakis como un sicótico que vive en un mundo diferente al resto de nosotros. ¿Pero es él en verdad tan radical? Lo que les produce pánico no es tanto el radicalismo de Varoufakis sino su modestia pragmática y razonable. Por ello no es sorpresa que algunos sectores radicales de Syriza ya lo estén acusando de haber capitulado ante la Unión Europea. Pero si se observan con cuidado las propuestas de Varoufakis, resulta imposible pasar por alto que se trata de medidas que cuarenta años atrás habrían hecho parte de cualquier agenda social-demócrata. De hecho, el programa del gobierno sueco o el chileno en los sesenta y setenta era mucho más radical. Es un signo de la pobreza de nuestro tiempo el que hoy en día haya que pertenecer a la izquierda radical para abogar por medidas similares. Es un síntoma de la época oscurantista en que vivimos, pero también una oportunidad para que la izquierda pueda ocupar el lugar que en décadas anteriores ha venido ocupando la izquierda pacata y timorata de centro.

¿Qué sucedería si un gobierno como el de Syriza o la inspiración de Podemos fracasan? En ese caso sí sería cierto afirmar que las consecuencias serán catastróficas no solo para Grecia o España, sino para toda Europa: pues esa eventual derrota daría aún más peso a la opinión pesimista según la cual el trabajo paciente de las reformas está condenado a fracasar, y que el reformismo, antes que la revolución, constituye hoy la más inalcanzable de todas las utopías. En últimas, ello confirmaría que nos aproximamos a una era de lucha mucho más radical y violenta.

Tomado de http://www.rebelion.org

La hora del NTV

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Dudo que muchos países cuenten con la cantidad de audiencia televisiva en el horario estelar, de ocho a diez de la noche, que tiene Cuba. Y es que en nuestro país la emisión estelar del Noticiero Nacional de Televisión es manifestación gregaria y tradición familiar casi desde los inicios del medio. Cuando triunfó la Revolución, La Habana era la ciudad latinoamericana con mayor número de televisores, en una lista donde estaban las inmensas Buenos Aires; Ciudad México y Santiago de Chile. Por eso todos crecimos viendo al abuelo o a nuestros padres como televidentes puntuales del noticiario nocturno, una rutina que ellos aprendieron de los suyos.

Aun así, la situación actual del noticiero estelar es precaria. Según el criterio ptelevision-cubanaopular, la emisión peca casi siempre de aburrida, antiestética y desorganizada, en un momento en que mantiene niveles de audiencias superiores a aquellos lejanos primeros años de la Revolución y que enfrenta a un público más preparado para asimilar y responder al mensaje televisivo. ¿Qué hace que el “noticiero de las ocho” provoque el repulso popular?

Sin ir más lejos, el sábado pudiera ser un perfecto ejemplo ilustrativo de sus lastres. Antes de seguir es necesario recordar que el sábado en la noche es el momento esperado por las televisoras del mundo entero para hacer su mejor trabajo, su máximo esfuerzo en conseguir el visto bueno de los televidentes. Es la hora en que CNN, BBC, TVE y Al Jazeera sacan al aire lo mejor de la semana. Hay que sentarse, como lo hice yo, frente al T.V un sábado a las ocho en Cuba. Veamos qué hizo la versión cubana de estos noticieros con su prime time sabatino del 9 de mayo.

Cuatro titulares. Rara vez se alejan de este precepto, quizá por política del medio o por cuestión de estilo. Lo cierto es que así fue y sucedió también que tres de esas cuatro noticias siguieron a la presentación titular, y ese proceder no es ajeno a nadie en la isla: “Llego Raúl a Italia”; “Participa Raúl en parada militar por el aniversario 70 de la derrota del fascismo” y, para variar, la tercera noticia fue de las actividades militares en Cuba en conmemoración del triunfo sobre el Reich. Cuando usted presenta más de la mitad de sus titulares en los primeros diez minutos de emisión, está invitando a que lo dejen de ver.

De ahí en adelante lo que vendrá es una incógnita digna de un libro de Conan Doyle, porque los adelantos son una rara avis en los noticieros cubanos, y este sábado no fue la excepción. Junto con el segundo bloque de noticias (lo que creo yo que fue el segundo bloque) llegaron las Internacionales y ahí ya perdimos oficialmente a todos los titulares: a los doce minutos de un noticiero de casi una hora. Nada menos que la declaración por parte de la OMS del fin de la epidemia del Ébola en Liberia. Un suceso que quizá cumpla con todos o casi todos los valores noticia. El resto fue una sucesión de imágenes tomadas de “una cadena de habla hispana” que ocupó lo que quedaba del bloque.

De vuelta a la isla, un pequeño conjunto de noticias fue lo siguiente. Incluidas dos de la misma temática y una sobre la visita de Los Cinco a Venezuela, tratada sin seguimiento alguno, a pesar de que los héroes llevaban varios días recorriendo la tierra de Bolívar. Después, el deporte. Una famélica información encabezó el segmento, celebrando que Alfredo Despaigne, quien la está pasando mal en Japón, “conectó un cuadrangular en tres turnos al bate”. No estoy seguro de si hay que alegrarse o estar triste por ello. Luego un repaso al boxeo y finalmente, en voz y presencia del locutor, se anunciaron las dos únicas y verdaderas noticias deportivas: Yarisley Silva y Marlies Mejías se llevaron sendos triunfos en mítines internacionales de prestigio. No hubo una imagen que respaldara el aviso. En un noticiero estelar. ¿?

Como de costumbre (y aquí es cuando los cubanos dejan de fregar, comer, leer, para pararse frente a la pantalla) llegó puntual el parte meteorológico. Luego las culturales: un resumen de las “Romerías de mayo” y algo sobre un libro alegórico a Celia Sánchez, que no escuché bien. Poco más. Si omito algo es porque no tuvo la trascendencia suficiente para quedarse en mi mente.

Cercanos a la hora de transmisión, lo que pareció más tiempo; o menos, no sé, llegó un breve sumario de “lo que fue noticia” y luego la despedida.

Y eso, amigos televidentes, fue un sábado en el Noticiero Nacional de Televisión. Una emisión de noticias que está falta de ritmo, de interacción, de una diversidad en la selección de los géneros, que pide a gritos que se analice mejor la información y se recopile de manera más atractiva. El hecho de que el noticiero se siga viendo, no significa que las cosas se estén haciendo bien. Quizá descansa el NTV sobre manos equivocadas. Quizá bajo mentes obtusas. Y aunque es cierto que en los últimos tiempos se nota una mejoría (muy ligera), hay un tramo olímpico por recorrer todavía. De no hacerlo, corre el riesgo de que nuestros hijos y nietos enseñen a sus hijos a fregar, comer o leer algún libro entre las ocho y las diez de la noche, como hacían sus padres y abuelos cubanos del siglo XXI.

Por Gabriel López Santana

Sobre Ninphomaniac

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Decía Tennessee Williams: «Cuando me llaman genio, reviso mi bolsillo a ver si aún tengo la billetera». Este calificativo no parece desagradar, sin embargo, al danés Lars Von Trier, uno de los directores más controversiales del momento.

Von Trier es un conglomerado de frustraciones y miedos que traduce en su obra logrando algunas de las escenas más estremecedoras de la historia del cine. Amante de los golpes de efecto al final de las obras, su cine busca epatar todo lo que Occidente ha canonizado en forma de moral, religión o derecho. Epatar al burgués, para decirlo con Baudelaire, es su premisa estética.

No es de extrañar por tanto que la crítica respecto a Von Trier se decante por una de dos aristas, la que lo considera el mejor cineasta de nuestra época o la que denigra y detesta su obra.

Ante la indagación descarnada de lo más oscuro y retorcido de nuestras almas nadie queda impasible. Cuentan que cuando Anticristo se estrenó, en muchos cines la deserción de espectadores fue masiva. Todos esperaban un Von Trier, pero no ese Von Trier. Y muchos se atoraron, incapaces de tragar lo que les proponía.

En múltiples sentidos su última película, NinphomaniacPoster-Ninphomaniac, continúa la tradición. La ninfómana de Von Trier (que hace parecer inocentes a sus homólogas), recuenta su historia a través de la interacción con un anciano virgen, donde la erudición de este le va dando las claves para los diferentes capítulos en que decide estructurar su vida. Ambas partes de la película constituyen un recorrido a través de los grandes mitos de Occidente: la religión; el sexo; la inocencia (o mejor dicho, la pérdida de ella).

El filme pone nuevamente sobre el tapete la polémica del sexo en una sociedad que, a pesar de estar inmersa en la era del cibersexo y las sex shops, aún se refugia en una moralidad arcaica. Una moral que no es capaz de asimilar, al menos no en su totalidad, estos discursos que engendra.

Von Trier retoma toda una tradición que busca agotar las posibilidades expresivas del cuerpo desnudo, apelando incluso al sexo explícito. Vuelven como un leit motiv las discusiones que no hace tanto tuvieron un grupo de cineastas italianos sobre la sutil línea entre erotismo y pornografía en el cine.

El cuerpo desnudo es, para usar palabras mayores, un objeto de civilización, algo que subyace de fondo a toda la historia del arte, a toda la historia del hombre en búsqueda de la belleza. Cada época trató el cuerpo como fue capaz. Los primeros hombres lo moldearon en barro, dándole un matiz religioso o fetichista que, en formas diferentes, ha sobrevivido hasta nuestros días. El cuerpo desnudo Fotograma ninphomaniaces pues, para Occidente, un fetiche y con él toda la dimensión sexual implicada. Hay incluso quien cree que las primeras mujeres libres de la historia fueron las prostitutas, por ser las primera en disponer abiertamente de su sexualidad. Al emancipar el sexo emanciparon el cuerpo y con este el alma.

Para toda una historia de vírgenes en éxtasis y madonas con niños; para toda una historia patriarcal y machista, la mujer respetable solo ha podido amar platónicamente, mientras sus actos se subordinaban a los designios del padre o alguna autoridad masculina. Para esta tradición, que en los siglos XIX y XX comienza a cambiar, pero cuya presencia es aún fuerte en nuestra cultura, las prostitutas y las ninfómanas son mujeres de segunda, mujeres cuya sexualidad ferozmente independiente las llevará, antes o después, a la perdición. La única diferencia entre ellas estriba en que las prostitutas son arrastradas muchas veces a su condición por factores económicos mientras que las ninfómanas, por el contrario, solo son así. No existe otro ser más libre y, por tanto, más incomprendido. La ninfómana está con quién quiere y cuando quiere; las prostitutas y las actrices porno (por citar a las hijas de la época) no están con quién quieren, sino con quién paga, aun cuando las actrices porno puedan conservar la ilusión de no ser prostitutas.

Para la hegemonía de la cultura machista occidental, la ninfómana como símbolo es tan poderosa como cualquier otra figura femenina que haya asumido y liberado su sexualidad. Es por eso que el término adquiere un claro matiz peyorativo.

La película de Von Trier logra entonces su pleno valor por convertir este tema en una subversión y burla a todo lo establecido anteriormente. Aunque la relación de su personaje con el sexo la lleva hacia la desgracia (hasta aquí dentro de la convención), el personaje usa el repaso de su historia, historia que pasa por el tamiz de la inocencia (el viejo) y que acaba incluso corrompiendo la inocencia. El viejo culto es la cultura occidental demostrando en los minutos finales que nadie es completamente puro. Hay implícita también una burla; sino cómo explicar que la protagonista devenga en importante matona de una banda de extorsionistas.

Formal y estilísticamente el filme evidencia la dirección de un cineasta experimentado, con perfecto conocimiento y dominio de las armas de su oficio. Podríamos, no obstante, reprochar a Ninphomaniac su duración o (esto es discutible) que no sea una película mayor dentro del corpus de la obra de Von Trier. Lo cierto es que reafirma al danés como uno de los grandes nombres dentro del séptimo arte. Aunque al amigo le vendría bien, de cuando en cuando, chequear la billetera.

El legítimo disenso

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Hace poco revisaba uno de los muchos blogs que mantiene la “disidencia” cubana en internet. Este en particular se llama El blog de Yusnaby y es más de lo mismo. O sea, esta lleno de noticias reales e inventadas sobre Cuba principalmente, aunque también Venezuela, Argentina y Ecuador cogen lo suyo.

Lo más tristemente gracioso es que el gestor de este Blog, el tal Yusnaby, se autocalifica sin ambajes como periodista independiente y clama y enjuicia en nombre de una ética periodística. Además, en respuesta a una supuesta carta recibida en su redacción, dice que no toda la disidencia cubana es igual. Esto es cierto.

Menciono este blog como punto de partida para desarrollar una idea que desde hace bastante tiempo me da vueltas por la cabeza. Todo ciudadano tiene el derecho a disentir, me digo, pero no todo disenso es legítimo. La cuestión es simple: solo tienen el derecho de ser escuchados aquellos que, por cuestiones de diversa índole, pero siempre respondiendo a sus ideales y principios, nunca a los intereses y el dinero de un poder extranjero, realizan el ejercicio de disentir.

De hecho, todo sistema precisa del disenso. El disenso forma parte del proceso de pensar a un país que hace que las instituciones sean cuestionadas perennemente y, por tanto, nunca se fosilicen en burocracia.

Cuba precisa dar espacios al pensamiento que disienta. bandera-cuba-8Al pensamiento que, como señalaba Slavoj Zizek en un trabajo reciente, piense la realidad cubana desde adentro; en otras palabras, una izquierda que cuestione a la izquierda. Este tipo de diálogo es necesario y, mas que necesario, imprescindible. Hay que discutir y negociar cuestiones claves, como los cambios que se están dando, el camino que sigue el país, etc. Y en este proceso debemos incluir a los que no están de acuerdo con el sistema, porque ninguna realidad social es monolítica, porque ningún contexto está claramente delimitado en blanco y negro.

La lógica de fortaleza sitiada, apunta Ignacio Ramonet en el prólogo de Cien horas con Fidel, ha predominado por sobre todas las otras, en un país asediado por el mayor poder imperial que ha conocido jamás la historia (y esto no es retórica). Esta lógica ha llevado, y el apunte también es de Ramonet, a seguir la máxima de Loyola “En una fortaleza sitiada, toda disidencia es considerada traición”.

Pero Loyola era un militar y religioso del siglo XVI y esta es la Cuba del siglo XXI. Una Cuba que tiene más de cincuenta años de resistencia exitosa (a un alto precio, pero exitosa). En esta Cuba que ahora decide cambiar es preciso incluir todas las voces y no solo las políticamente correctas. Es preciso crear espacios para el debate donde quepan todas las visiones. Donde se pueda discutir, por ejemplo, la necesidad del pleno acceso a Internet por parte de todos los cubanos.

Ahora, en esa Cuba y en ese legítimo disenso que defiendo, nunca cabrán la gente como Yusnaby y Yoanys Sanchez que carecen de respeto y credibilidad, que reciben dinero aunque lo nieguen y que tergiversan la realidad sin respetar ningún tipo de ética. Ellos no son disenso ni son legítimos. La palabra para calificarlos es otra, pero ya todos la conocen.

Un breve vistazo al cine cubano

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El cine hecho en Cuba tiene una historia peculiar, donde  la Revolución cubana marca un antes y un después. Antes de 1959, Cuba producía principalmente un cine comercial de muy baja calidad, al estilo de las producciones mexicanas y españolas. Estos dos países coproducían muchas películas de la entonces incipiente industria nacional.

Otro grupo de realizadores, de los cuales saldrían muchos de los grandes nombres del cine cubano, se agruparon en una sociedad cultural que denominaron Nuestro Tiempo, la cual se dedicó principalmente a la producción de documentales. Dentro de estos destaca “El Mégano”, que es uno de los mejores ejemplos del cine prerrevolucionario. Este grupo de directores se habían formado en la escuela del neorrealismo italiano y tenían una concepción del cine como un arte comprometido con su realidad y su tiempo.

Una de las primeras medidas de la joven Revolución fue la creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), InstitutoCubanoArteIndustriaCinematográficosel cual se encargaría de producir un nuevo tipo de cine. Un cine comprometido, en el cual se reflejarían los retos de una realidad en trasformación, pero además un cine que habría de influir en todo la producción artística del continente americano. Surge así el movimiento que algunos críticos han denominado como Nuevo Cine Latinoamericano. Un cine de análisis y denuncia, que diera voz a los marginados y desposeídos.

La década que va desde 1959 hasta 1969, es la mejor que ha vivido el cine hecho en la isla. En esa época se produjeron las cuatro joyas del cine cubano. Estas son “La primera carga al machete” de Manuel Octavio Gómez, “Aventuras de Juan Quinquín en Pueblo Mocho” de Julio García Espinosa, “Lucía” de Humberto Solás y la mítica “Memorias del subdesarrollo” de Tomás Gutiérrez Alea, el más emblemático director del cine gran antillano. Alea repitió el éxito de “Memorias…” en los años 90, con su controvertida “Fresa y Chocolate”, codirigida con Juan Carlos Tabío.lucia

Luego de estas maravillosa década de los sesenta, el cine en Cuba vivió un proceso desigual, donde destacan algunas películas y otras merecen el olvido. La década de los noventa, con el duro Período Especial, redujo drásticamente los presupuestos del ICAIC, obligándolo a coproducir muchas de las películas que filmaba. Es por eso una década plagada de malas comedias, donde destacan alguna que otra película, como “Fresa y…” o alguna de las producidas por Fernando Pérez, quien ya a finales de los ochenta había debutado con éxito frente al largometraje “Clandestinos”.

Fernando hereda lo mejor de la generación precedente y se convierte en figura importante de la etapa de transición entre los grandes nombres del cine cubano y jóvenes figuras que aún no acaban de cuajar.

A pesar de la merma de calidad en la producción, el cine nacional aún sigue gozando de buena aceptación en la isla, por ser el reflejo, en menor o mayor medida de la compleja realidad en que vivimos.Fresa y Chocolate

Aunque muestra signos de recuperación, el cine cubano presenta ahora mismo problemas de creatividad, ya que vuelve reiterativamente sobre los mismos temas. Tal vez el principal reto sea reencontrar un lenguaje a través del cual el arte mire a su época y donde, como un espejo, la época se reconozca en el arte.

El Necio

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Silvio Rodriguez

Para no hacer de mi ícono pedazos,
para salvarme entre únicos e impares,
para cederme un lugar en su parnaso,
para darme un rinconcito en sus altares.
Me vienen a convidar a arrepentirme,
me vienen a convidar a que no pierda,
mi vienen a convidar a indefinirme,
me vienen a convidar a tanta mierda.

yo no se lo que es el destino,
caminando fui lo que fui.
allá dios, que será divino.
yo me muero como viví,
yo me muero como viví.

yo quiero seguir jugando a lo perdido,
yo quiero ser a la zurda más que diestro,
yo quiero hacer un congreso del unido,
yo quiero rezar a fondo un “hijo nuestro”.
Dirán que pasó de moda la locura,
dirán que la gente es mala y no merece,
más yo seguiré soñando travesuras
(acaso multiplicar panes y peces).
yo no se lo que es el destino,
caminando fui lo que fui.
allá dios, que será divino.
yo me muero como viví,
yo me muero como viví.

yo me muero como viví,
como viví
yo me muero como viví.
Dicen que me arrastrarán por sobre rocas
cuando la revolución se venga abajo,
que machacarán mis manos y mi boca,
que me arrancarán los ojos y el badajo.
será que la necedad parió conmigo,
la necedad de lo que hoy resulta necio:
la necedad de asumir al enemigo,
la necedad de vivir sin tener precio.

yo no se lo que es el destino,
caminando fui lo que fui.
allá dios, que será divino.
yo me muero como viví.

yo me muero como viví.